Efímero.

Cuantos textos nos hablan de lo efímero de nuestra vida.

De la cantidad de instantes inesperados, terribles, desconcertantes que nos dejan sin aliento y, a veces, nos privan de las cosas y las personas más importantes de nuestro tiempo.

No estoy hablando de nada nuevo, lo sé. Ese antiguo aforismo que nos dice que no sabemos el verdadero valor de algo hasta que lo perdemos. Y no por viejo menos cierto.

Todos experimentamos alguna vez la enseñanza dolorosa de estos instantes. Y aún así, volvemos a caer en esa trampa. La de no saber o no darnos cuenta de lo valioso que sostenemos en nuestras manos y de la riqueza que hemos atesorado en nuestro interior.

Y entonces, cuando recuperamos el aliento, cuando alguna circunstacia nos pone en eje, cuando volvemos a estar serenos, entonces, volvemos a caer.

Esta vez, en esa “otra” trampa. Esa que no es tan visible. Esa que es más artera. Esa que se disfraza de agradecimiento. Que nos engaña haciéndonos sentir egoístas, avaros… Esa que nos dice “conformate con lo que tenés, lo demás no es tuyo”.

No hay alma, ni corazón más vacíos que aquellos que creen que lo tienen todo.

Ni sentimiento que nos quite mas vida, que aquel que no nos permita ambicionar más.

Valorar las riquezas que poseemos no significa no querer más. De hecho, nuestro ímpetu de vida, nuestra nobleza de corazón, nuestra bondad de alma no deberían ser valorados por nuestros logros conseguidos. Deberían ser medidos por la cantidad de sueños por cumplir, por la cantidad de proyectos por realizar, por la cantidad de amor que aún nos queda para dar.

Si hacer aquello que amamos, desear lo que no tenemos y luchar por eso nos convierte en avaros egoístas, entonces esas serán nuevas condiciones en mi persona.

Porque fue en esos momentos, en donde la fuerza arrasadora de la ambición se apoderó de mi, donde obtuve mis mejores tesoros. Donde conocí las personas más amadas. Donde pude dar lo mejor que poseía.

Hoy creo, sin temor a equivocarme, que la “acción interesada” de nuestros momentos de siembra personal, es la que nos lleva, en definitiva, a dar lo mejor que tenemos a todos los que eligen estar a nuestro lado. Porque al ser mejores para nosotros, somos mejores para ellos. Matemática pura!

Entonces, hoy, decreto: Ni una cosa, ni la otra.

Ni un día más sin apreciar la magia de la mañana, con su olor a café y tostadas, con el calor de del sol entrando por mi ventana o el olor de lluvia fresca sobre el pasto.

Ni un día más sin apreciar la magia de la mañana. Imaginando mi despertar frente a un mar caribe, viéndome en un avión con la ansiedad de un destino soñado, o saberme, en un futuro, desayunando con vista a la torre Eiffel.

Ni un día más sin valorar el sabor de cada mediodía. Con el calor de una sopa casera en mi plato, el sabor de verduras frescas de mi huerta y el dulce jugo de una fruta madura.

Ni un día más sin valorar el sabor del mediodía. Proyectando almuerzos eternos con amigos, regadas de buenos vinos, aturdidos de risas francas y planeando nuevos encuentros.

Ni un día más sin recordar la serenidad de mis noches. Con el fuego prendido en mi hogar, el abrazo amoroso de quien amo, y la charla tranquila con quien me conoce profundamente.

Ni un día más sin soñar lo maravilloso de una noche. En una mesa sincera y cálida, llena de historias y proyectos, de risas y nostalgias, de aventuras pasadas y futuras, en compañía de mi amor y de mis hijos.

Es difícil, lo sé. Hacer el ejercicio cada día. De lo que fue y lo que puede ser todavía.

Sin embargo, es este ejercicio, y el de caminar despacio, pero de manera determinada hacia nuestros objetivos, lo que nos hace crecer y creer.

Hoy empiezo. Puede que haya recaídas, como en todo. Nada que sea fácil vale su peso. Pero siento que me queda tanto por hacer…

Ojalá el tiempo acompañe.Por eso mismo. Hoy empiezo…

24/02/2020


	

Publicado por sandramorenaruiz

Actriz en formación constante. Fotógrafa en crecimiento. Escritora de vivencias. Cincuenta y tantos y contando...

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