Un dios mortal

La misiva decía:

Debido a una sobrepoblación de dioses en el universo sagrado, a partir de las 0  horas de esta noche caducará su condición de inmortal.

Se mantienen en vigencia el resto de sus poderes hasta el día de su deceso, se ruega hacer uso de los mismos con moderación y responsabilidad.

Que soy mortal, me dicen.

Observo la piel de mi cara, la comisura de mis labios, apenas un susurro y salen de mi garganta gritos de guerras ganadas y cantos de triunfos ya olvidados. Nada ha cambiado desde ayer. Mis ojos, apenas entrecerrados dejan salir el mismo brillo, y hacen un camino directo hacia la imagen de mis manos.

Que me voy a morir, carajo.

Estas manos son las mismas de ayer. Que acariciaron pieles encendidas y se cerraron alrededor de gargantas llenas miedos. Guardan aún la memoria del poder absoluto. Del temor infundido, la admiración y el espanto.

Que la inmortalidad se fue, y que no vuelve

¿Qué mis días tienen un número establecido? ¿Cómo? ¿Cuántos? ¿Qué me importa a mí, en definitiva, de la muerte? No necesité, ni debería necesitar saberlo.

Que voy a morir, decretan. Que me prepare para la parca.

Pero no dicen por qué, cómo, ni cuándo.

Sé lo que he visto en los mortales al enfrentarse a ella.

Sé  lo que en ellos provoca ese concepto de finitud absurda. ¿Será lo mismo para mí? No. Mi dignidad no sabe de llanto

Que me muero a cada instante un poco. Simplemente.

Sentimientos extraños, desconocidos para mí, produce en los hombres la condición de mortales. Y ninguno de ellos me es cercano.

Los unos, viven su tiempo como bocados deliciosos, saboreando su jugo, disfrutando su sabor, comparten este fruto con quienes dicen amar.

¿Amar? ¿Cómo es posible amar algo que saben que, inexorablemente, alguna vez, desaparecerá de sus vidas?

Los otros, engullen sus horas como hienas a su presa, no importa qué, no importa cuánto. Se indigestan con todo aquello que puedan poseer y llegan al final de sus días, enfermos de codicia, solitarios en algún rincón oscuro.

Ninguna opción me es atractiva. Ni siquiera aceptable.

La muerte no es una opción. Y no es aceptable.

Que no soy inmortal. Que el final es cercano

¿Debería, quizás, sentir temor? ¿Qué es el temor? ¿Es esta sensación de lo desconocido? ¿Es la falta de control sobre mi tiempo? ¿Sobre mí mismo?

No tengo respuestas. Quizás sea eso. La falta de respuestas.

Nadie me enseñó sobre la muerte. Nadie me explicó que es morir.

Sin embargo, me voy a morir me dicen

Me encuentro condenado a transcurrir los días que me quedan, así, ignorante del instante siguiente. Y de si ese instante, será el último.

Que no me muero una mierda, grito.

Quizás el temor sea esto. Quizás el temor sea, simplemente, ser un hombre.

Y en este instante, siento que un corazón late, colmado de truenos, dentro de mi pecho. Ríos desbordantes de vino corren desbocados por mi cuerpo. Manos que se entumecen, que son piedras. Pies que poseen, apenas, un atisbo de fuerza para recorrer un infinito camino.

Que me muero, voy sintiendo de a poco.

La única certeza que poseo es la de la soledad y la absoluta ignorancia.

Mi rostro envejece ante mi espejo.

Abro mi boca para emitir un sonido, y una bocanada de aire que se mete hasta lo profundo me impide hablar.

Que morir es entrar y sacar aire de uno mismo, entiendo.

Y cada bocanada es un instante menos.

Una brisa extraña me rodea, y por primera vez siento y comprendo lo transcendente del acto de respirar.

Que no soy inmortal, me dicen.

Y yo, sin poder alguno, amor o arrepentimiento, solamente me muero.

17/06/2020

Publicado por sandramorenaruiz

Actriz en formación constante. Fotógrafa en crecimiento. Escritora de vivencias. Cincuenta y tantos y contando...

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